Del fósil al futuro: por qué la paleontología importa en las aulas
Una mirada al pasado puede cambiar cómo entendemos el planeta. El ayer, clave para los debates de hoy.
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Sergio Mimbela
12/11/20255 min read


En la cultura popular, aún persisten las imágenes de algunos de los animales extintos más icónicos como dodos, mamuts o dientes de sable, cada uno de los cuales abandonó nuestro mundo en su momento. Paralelamente, con el auge de los movimientos de carácter medioambiental, se ha otorgado una importancia considerable a los valores de preservación de las especies (por lo menos, de las más famosas y comerciales, aunque eso ya es otro tema) para evitar que desaparezcan. Lejos de restar importancia a estas pretensiones, merece la pena plantearse algunas preguntas:¿qué lecciones podemos extraer de ciencias como la paleontología, encargada de estudiar la vida pretérita, con el objetivo de evitar futuras extinciones? ¿Es posible reparar y prevenir algunos daños? Y, lo más importante:¿de qué modo pueden incorporarse estos aprendizajes a nuestra cotidianidad?
Las extinciones: un tema que no se entiende
La ciencia jamás ha gozado de los avances de hoy en día. Gracias a la variedad de métodos, fuentes y disciplinas, hemos podido desmentir algunas creencias que antaño se tomaban como ciertas, así como sustentar otras tantas que levantaban más de una ceja. La paleontología está repleta de casos: por ejemplo, ahora se acepta que muchos dinosaurios poseían plumas, algo que hace no mucho se tachaba de absurdo. Y, pese a este progreso, hay algunas ideas que siguen ancladas a la imaginación colectiva: desde la caricaturesca torpeza de los dodos hasta la exageradísima ineptitud de los neandertales, todavía hay quienes piensan que algunas criaturas extintas no han perdurado por tratarse de fracasos evolutivos, incluso si ya se ha demostrado que la naturaleza no funciona así.
Estos malentendidos responden a una problemática mucho más compleja que podría achacarse a la enseñanza escasa e ineficiente de estos temas, a menudo reducidos a fuentes de ocio para la infancia. Y es ahí donde más se puede incidir: haciendo entender a los jóvenes que la realidad va más allá de lo que sus juguetes y películas hacen creer. De ese modo, cuando maduren y deban posicionarse en ciertos debates, lo harán desde una
mínima comprensión. La paleontología se vuelve, entonces, un aliado de altísimo valor.
¿Qué lecciones nos da retroceder en el tiempo?
Al igual que con muchos otros aspectos de la vida, echar la vista atrás sirve para evitar ciertos errores en el futuro. La desaparición de las especies no supone una excepción, y la paleontología es clara al respecto. Siempre se ha asegurado que el ser humano y el cambio climático fueron autores por igual de la erradicación de gran parte de la megafauna cuaternaria; sin embargo, conforme más se analiza esta afirmación, más equivocada parece. Recientes estudios atribuyen la mayoría de la responsabilidad (o incluso toda) de estas extinciones a las personas, lo que deja en evidencia un hecho complicado de digerir: llevamos exterminando criaturas desde hace mucho más tiempo del que piensa el público general, que achaca estas catástrofes a épocas más bien recientes. Dicho en otras palabras, nos enfrentamos a un fenómeno más extenso de lo que creemos.
Por suerte, esta conciencia ha constituido el motor para estrategias de diversa índole, entre las que destaca el rewilding o la renaturalización. Esta iniciativa busca restaurar áreas afectadas por la acción humana centrándose en especies clave, es decir, aquellas que más efectos tienen en un ecosistema, con el fin de beneficiar a su entorno natural. Para ello, es común reintroducir en ciertas zonas la fauna que antaño las habitaba, e incluso incorporar sustitutos modernos que cumplan una función similar a la de sus equivalentes extintos. Por supuesto, somos conscientes de la importancia ecológica de estos animales gracias al estudio del pasado, que nos revela sus hábitats originales o el rol que cumplían en determinados ecosistemas. Independientemente de las polémicas desatadas con ello, no cabe duda de que existen ya propuestas que concitan preservación con paleontología, algo que si nos ciñéramos a la visión de las criaturas pretéritas como torpes e inútiles carecería
por completo de sentido.
Pese a la ambición de estos proyectos, todavía reciben poca atención mediática. Si educáramos acerca de movimientos como el rewilding y ofreciéramos cierta base teórica muchas más personas podrían sumarse al debate colectivo aportando nuevos puntos de vista e interrogantes. De combinar esto con una transmisión adecuada de actitudes como la tolerancia y el respeto, daríamos pie a que estas ideas pioneras alcanzasen su máximo potencial... y evitaríamos las que esconden otras intenciones.
Un futuro incierto: preparación para lo que se viene
El conocimiento de la fauna extinta también implica un lado más sombrío que no debe ignorarse. Desde hace ya varias décadas se habla sobre la posibilidad de devolver a la vida o, al menos, recrear algunos animales del pasado al más puro estilo Jurassic Park. La empresa estadounidense Colossal Biosciences se ha propuesto dar forma a esta visión y ha anunciado sus planes de “resucitar” especies extintas. Desde entonces, la compañía ha estado envuelta en un sinfín de controversias, como el caso de la supuesta desextinción del lobo terrible tras el nacimiento de varias crías de lobo gris moderno alteradas genéticamente que, en realidad, ni se asemejan al cánido extinto ni contienen un poquito de su ADN. Aun así, Colossal Biosciences no ha dudado en publicitar a sus cachorros como auténticos lobos terribles, refiriéndose incluso a uno de ellos con el nombre de uno de los personajes de la famosa serie de ficción Juego de tronos, lo que ha cautivado a adeptos e inversores. Por añadidura, la prensa se ha hecho eco de esta iniciativa anunciando a los cuatro vientos una hazaña de desextinción que la comunidad científica no ha aceptado como tal, lo que, además de exponer un claro desconocimiento de los medios al respecto, propaga una idea que no se alinea con el consenso general.
Este contexto pone algunas preguntas sobre la mesa: ¿Es esto lo que necesitamos? ¿Existe una manera respetuosa de recobrar en la medida de lo posible los ecosistemas afectados por la acción humana? ¿Hasta qué punto habrá intereses económicos de por medio? ¿Requerimos más conocimientos y destrezas para ser escépticos con lo que se nos cuenta?
Obviando los innegables dilemas éticos que envuelven a los planes de desextinción, deberíamos cuestionarnos sus consecuencias en el pensamiento popular, dado que se corre el riesgo de que algunos consumidores contemplen a estos animales como mero espectáculo, ignorando el valor ecológico que podrían entrañar todos estos proyectos si se lanzaran como herramientas de ayuda a la naturaleza. Quizás, si se educara y sensibilizara
sobre estos asuntos, la sociedad se volvería más crítica hacia propuestas así, tanto para lo bueno como para lo malo, y desarrollaría conciencia sobre las alternativas más viables. Sea como sea, todavía queda mucho por reflexionar y debería ser la enseñanza, en calidad de agente social, la encargada de introducir al público algunos fundamentos básicos desde los que expandir sus conocimientos a futuro, si se quisiese, y opinar.
